miércoles, 19 de diciembre de 2007

PROPÓNME UN FINAL


Caminaba despacio, beodo, las esquinas de la urbe iban torciéndose hacia el infinito y la cabeza, a cada momento, me daba más vueltas. Así, con el regusto resacoso del vinillo, cada noche volvía a mi casa; un museo de la mugre con vocación de hogar solitario y solterón.

Abría la puerta crujiente, y el gato me miraba indiferente en su feliz felinidad. La humedad se descorría por las paredes, y los posters y las litografías de Picasso y Pollock colgaban suspendidas de una humilde chincheta. Por mi hogar del centro de Málaga tiempo hacía que no pasaba nadie; las visitas, escasas, tenían la corporeidad de una factura telefónica impagada o una citación judicial. Hacía más de dos meses que me habían despedido de la revista y la sombra del paro vigilaba mis pulsos.

Era un detritus humano que paseaba entre los orines de mi barrio. Aspiraba el fresco de la noche desde el balcón de mi estudio y sólo la fragancia almidonada del rancio llenaba mis pulmones. Estefanía ya no llamaba, se había llevado su divinidad rubia de nuestro piso y todo tenía ya visos de fin prematuro. Una rala claridad alopécica se apoderaba de mi cráneo, otrora hermoso, la tripa me crecía imparable y deforme, y la barba espesa me clareaba anticipando el sol decrépito del fin de los treinta.

Me había abandonado Marta. Se había ido con un fotógrafo argentino que la sedujo el día que presentamos mi poemario. Los vi, entre canapés, coqueteando en la amplitud blanca del Ateneo. Yo firmaba libritos de versos, y ellos, edulcorados, componían un cortejo que me espantaba. Allí estaban los dos, dialogando sobre poesía y destinos exóticos; ella con su traje de noche ceñido, bien escotado, y él, porteño y cabrón, sosteniendo la cámara como en una evocación netamente fálica que la sumía, ¡tan bella!, en un rumor de voces e hielos. Para torturarme, el destino alargó el cóctel posterior a la presentación de mi poemario-pudiera ser que póstumo-, y entre las cabezas de los amigos oteé que seguían riéndose, ajenos a mí, en la distancia de espacio y tiempo que precede al sexo prohibido y furtivo.

Se reía Marta. El champán regaba cada célula de su cuerpo claro y ya veía incluso al fotógrafo argentino como un galán de culebrón que la llevaba en volandas y desnuda hacia un lecho tropical. Los dos, iluminados por esa felicidad maldita que sólo ven los triunfadores, mantenían una divertida charla que poco a poco iba pasando a los toqueteos nerviosos.

Puede ser que la charla en el cóctel se alargara demasiado, y que uno, comprensiblemente enojado, bebiera más de la cuenta. No lo recuerdo. Sin embargo, cuando pienso en esa noche me veo en tercera persona, reventándole la Canon al maldito fotógrafo y con una botella en la mano contemplando, moderadamente feliz, cómo lloraba por su cámara mientras un hilillo de sangre recorría su rostro aniñado.

Marta, con la superioridad moral de las putas infieles, me llevó a casa mientras me relataba todos los peores adjetivos que el castellano tiene. Dijo que me abandonaría, que el espectáculo que había formado era vergonzoso y que no la volvería a ver. Yo me reía y palpaba su escote mientras el coche se acercaba en el corto paseo al portal de mi casa.

Se despidió de mí y quise besarla; saborear por vez última el dulzón perfumado de sus labios. Como en un acto reflejo, abofeteó mi rostro y no pude hacer más que manosear, por última vez, eso sí, un trasero perfecto que desaparecía en la nebulosa del deseo y la historia.

Quede constancia que aquella noche, despejado los efluvios del mal champán de la “party”, paseé sin tiempo por las calles del centro. Hacía frío en aquel jueves de diciembre. La humedad calaba hasta el tuétano de un cornudo, y la ciudad presentaba un aspecto londinense. El vaho diluía el horizonte en niebla y, de repente, como en una plaga bíblica, comenzó a nevar. Los copos, extraños, caían con una virulencia atroz, tan atroz que, en cuestión de minutos, tiñeron de un blanco cegador la extensión de calle Larios. La tormenta no cesaba, la nieve se acumulaba en los tejados y mi gato, seguramente, estaría asomado al cristal del ventanuco, riéndose, el muy condenado, por creer que esa noche me congelaría..

Algunas palmeras se tronchaban por el peso de la paz helada de la nevisca, y los mendigos, borrachos, danzaban entre bidones que ardían de gasolina y miseria. Málaga, bajo la nieve, tenía un aspecto amenazador y bello. Las putas corrías despavoridas, como en huida de una sombra atávica, se reían y tomaban los visones como reductos de una calidez que aquella noche desaparecería.

Hundía los pies en el firme esponjoso y no podía apartar de mi memoria los fogonazos de Marta y el fotógrafo retozando; algunas buhardillas de la judería estaba encendidas y yo veía al maldito fotógrafo fumando un petardo bien cargado y retratándola, desnuda y a cuatro patas. Lo pensaba y una urticaria acalorada me recorría el cuerpo: ella, tan rematadamente rubia, y pija, y tonta, y niña bien; y él con su perilla recortada y ese acento que las seducía por lo que de hijoputesco tiene el bonaerense de clase media y con pretensiones intelectuales.

Qué dos malditos, pensaba, y un soplo helado refrescaba mi entrepierna encelada. No paraba de nevar y algunos bares del centro aparecía abiertos. Era la madrugada más absurda que había vivido hasta entonces. Me había abandonado Martita, mi libro cuasi póstumo había visto la luz entre la mísera caridad de mis amigos y yo seguía extrañamente feliz, paseando por una Málaga en blanco que quizá me reconfortase. La niebla se hacía densa por momentos y la ciudadanía celebraba aquella purificación meteorológica.

Qué andaría haciendo ahora Marta. Por qué perdidos pisos arrastraría su amor inconfesable con el fotógrafo. Todo en mí era una dulce interrogación que me retumbaba mientras caminaba errante.


Volví a mi cochambrosa casa, abrí con esfuerzo la cerradura y me tumbé en la cama. El gato, cabrón, se había acostado entre las sábanas de mi cama y cuando quise taparme me arañó y salió disparado hacia el ventanuco por el que no dejaba de procesionar el invierno. Cerré los ojos, me bajé los pantalones y dormí desnudo, esperando que ella llegara y me arreglara los bajos instintos de un instinto bajo. Aquella noche no volvería, ni ninguna otra. La belleza rubia que dormía a mi lado huyó esa noche de invierno; yo me contentaba con sobrevivir en aquel invierno que acababa de marcar el calendario. Se avecinaban días de vino y espinas, de gélidas sábanas y disquisiciones taciturnas con aquel gato que, me gustase o no, iba a convertirse en mi compañero de viajes.
La mañana siguiente todo era un invierno con sudores de multitud; la calle estaba plagada de una nieve sucia y dura, de tullidos y vagabundos disfrutando de la estampa, y las nubes presagiaban que el general Invierno, con el cuento del cambio climático, había echado raíces en aquel villorrio del Mediterráneo. Al levantarme de aquella primera noche de penitencia, de compartir sábanas con un gato roñoso y esquivo sexualmente en la humedad del sueño, tomé de un trago el anís que quedaba en mi despensa, poblada ya de ratones ociosos que jugaban a las cartas ...

4 comentarios:

Sara dijo...

Sencillamente precioso. Me encanta tu faceta de escritor con aires de trasnoche. Espero impaciente la segunda entrega!!!

Agustín Rivera dijo...

Un final infernal. Incendio de emociones. Lava de espíritu. Caos interno.

P.D: Espero un post -de interés-AVE. También de Villalobos (de Celia, no).

Ni falta que te hace... dijo...

Está bien. Sin referencias políticas. Mejor.

PD. A ver si sales en alguna historieta ganando.

Saludos (conseguirás mil rubias como Marta antes de que nieve en Málaga).

AnA dijo...

¡La encontré! Y me ha encantado. Sobre todo lo de percibir la escena en tercera persona. Me gusta tu estilo. Es fácil imaginarte paseando por calle Larios.
Por cierto, la facultad de Madrid se me presenta, en principio, como mejor alternativa, aunque Málaga es muy tentadora.
¡Ah! Nunca te fíes demasiado de una rubia.
Un saludo.