
Morenas del extrarradio. Bloques rojizos de ladrillo y un cielo bajo y cálido de verano. Jardines resecos de julio, verbenas de barrio y castizos y peruanos bailando un flamenco barriobajero. Madrid tenía en los veranos de mi adolescencia esa maravilla de lo cotidiano que descubríamos en la capital. Las morenas del extrarradio, con un gracejo insuperable, nos pedían fuego a los sureños que pasábamos los raros veranos en el infierno castellano.
Jardines cercados con alambres mínimos y vomitonas en las aceras. Las copas frías nos entraban en la inmediatez dionisíaca del hígado y atrapábamos la sonrisa en los viciados aires de los garitos suburbanos. Los julios caían en Madrid, desde mi primera adolescencia, y uno vagaba en albergues inmundos tintado de soledad y sudor. No importaba, una sospecha de esperanza desfilaba por el irregular perfil de los barrios del Sur, veíamos a lo lejos el perfil enhiesto de la Telefónica y suspirábamos ante la ciudad que, definitivamente, nos habría de acunar.
Jardines cercados con alambres mínimos y vomitonas en las aceras. Las copas frías nos entraban en la inmediatez dionisíaca del hígado y atrapábamos la sonrisa en los viciados aires de los garitos suburbanos. Los julios caían en Madrid, desde mi primera adolescencia, y uno vagaba en albergues inmundos tintado de soledad y sudor. No importaba, una sospecha de esperanza desfilaba por el irregular perfil de los barrios del Sur, veíamos a lo lejos el perfil enhiesto de la Telefónica y suspirábamos ante la ciudad que, definitivamente, nos habría de acunar.