GRAN ARTÍCULO "EN LA COLUMNA DE UMBRAL" CONTRA LA MAYORÍA DE LOS BLOGS; HAY QUIEN MONTA UNA WEB DE ÉSTA Y SE CREE ESCRITOR. AMBOS DETESTAMOS ESTE SOPORTE
Aburrimiento de las palabras, de Henry Kamen
La profesión de ser escritor tiene muchas responsabilidades e inquietudes de las cuales no es menor la preocupación de fracasar por completo a la hora de comunicar. Es un hecho triste que muchos de los que trabajamos con las palabras tenemos problemas para encontrar una audiencia: los libros no se venden, los artículos no se leen. Es por esto que la tecnología moderna permite a algunos gastar energía escribiendo blogs, en los cuales hablan consigo mismo, con palabras que flotan por el ciberespacio y que las leen sobre todo aquéllos que tienen poco contacto con la palabra escrita.
¿Son encomiables los blogs? Es posible que no, ya que una buena proporción de ellos son poco más que un popurrí de palabras que sirven para expresar opiniones pero que no fomentan la causa de la literatura o de la información.
El flujo de palabras en la prensa, en novelas y en el ciberespacio ha conducido sin duda a un deterioro de la cualidad, y también a un cierto aburrimiento intelectual. Hace algunos años, Umbral comentaba la verborrea de muchos escritores, y se refería en particular al trabajo de unos cuantos que vivieron en el exilio en los años 50 y produjeron durante ese periodo una gran cantidad de escritos que pocos se molestaron en leer. Mencionaba a uno de ellos como «aburridísimo». Es verdad que si un escritor consigue comunicar con muy poco público, y sus escritos no se traducen a ninguno de los idiomas internacionales, la causa debe estar en que su oferta es aburrida. Efectivamente, el propio escritor a quien Umbral mencionaba había confesado, varios años antes, que «nuestras palabras van al viento», y añadía: «Confiemos en que algunas de ellas no se pierdan».
Sin embargo, las palabras ciertamente se perdieron, dando una cierta prueba de que eran aburridas. El volumen de palabras, casi inevitablemente, tiende a aumentar en especial cuando no tenemos nada significativo que decir. Hay periódicos digitales hoy que ya no se preocupan de dar información. Tratan de entretenernos con opiniones, chismorreos, debates y blogs, e invitan a los miembros del público a que participen en orgías verbales. En la mayoría de estos textos, el nivel de literatura es terrible y el de entretenimiento es cero. La palabra escrita deteriora hasta el punto de que no sirve para ningún propósito, y en lugar de estimular la creatividad la mitiga.
A pesar de todo, como sabemos, el propósito de las palabras debería ser el de comunicar y entretener. Hablando de su ultima película Leones por Corderos, Robert Redford decía recientemente que «uno ha de entretener, y si lo haces correctamente, dejas a la gente pensando». Lo mismo vale para los escritores (e incluso, en mi caso, para los historiadores). En algunas secciones de la prensa hoy, hay miles de palabras impresas que no ayudan al lector a pensar. Tampoco entretienen. Hay días cuando, al abrir los periódicos, uno siente que el reino del aburrimiento de las palabras ha llegado para quedarse. Afortunadamente, todos sabemos que todavía hay un puñado de personas que emplean diestramente la palabra, y que son capaces de comunicarnos bien. Son unos pocos, pero su trabajo sobrevivirá.
viernes, 23 de noviembre de 2007
viernes, 2 de noviembre de 2007
Diego, va por ti
Diego, te he escrito estas letrillas así, de corrido. Una carta cuyo contenido seguro que conoces y que leerás, como siempre, con esa media sonrisa en la cara mientras ves el fútbol en la tele.
Pájaros de madrugada y el primer alba de noviembre rayando el horizonte. Silencio en la ciudad y una vida quebrada en la soledad rectilínea de un bulevar de provincias. Ululaban las sirenas, sonámbulos en la noche y una quietud tempestuosa de luto.
Un punto blanco en la lejanía, un día funesto encima de las cabezas y la sinfonía del abrazo apenas reparador. Con estas imágenes el hijo de puta del Destino quiso despedirme de ti. No lo consiguió.
La vida se fue en la tiranía del segundo. Tomé tu cuerpo y ya eras parte de mi historia, la de una soledad parecida a la vida donde me sumergiré para siempre, aunque te desobedezca.
En mi memoria, en ese lugar donde la existencia es más digna, tú, hermano, apareces cantándole coplillas a nuestro hermano Bernardo, planeando tu beca para compartirla conmigo y confesándome tu desprecio a la muerte, esa maldita rubia que no ha hecho más que aumentar tu grandeza.
Pero sé, hermano, que te fuiste feliz, canturreando; con el alma ardiendo de dicha por la victoria de tu Madrid y una sonrisa que intuí con certeza cuando me asomé a darte el hasta siempre más amargo. Le dijiste a la Parca que, para huevos, los tuyos; que te ibas para el otro mundo con la confianza altanera de quien se sabe con el cielo ganado.
Por qué, hermano, te fuiste cuando precisaba de tantas noches. Por qué, Diego, tomaste el tren expreso a un vacío que no es sino un recuerdo atronador de multitudes.
Por qué, cabrón, me dejaste tan solo y con esta mala vida, en medio del páramo y con dos botellas
Pájaros de madrugada y el primer alba de noviembre rayando el horizonte. Silencio en la ciudad y una vida quebrada en la soledad rectilínea de un bulevar de provincias. Ululaban las sirenas, sonámbulos en la noche y una quietud tempestuosa de luto.
Un punto blanco en la lejanía, un día funesto encima de las cabezas y la sinfonía del abrazo apenas reparador. Con estas imágenes el hijo de puta del Destino quiso despedirme de ti. No lo consiguió.
La vida se fue en la tiranía del segundo. Tomé tu cuerpo y ya eras parte de mi historia, la de una soledad parecida a la vida donde me sumergiré para siempre, aunque te desobedezca.
En mi memoria, en ese lugar donde la existencia es más digna, tú, hermano, apareces cantándole coplillas a nuestro hermano Bernardo, planeando tu beca para compartirla conmigo y confesándome tu desprecio a la muerte, esa maldita rubia que no ha hecho más que aumentar tu grandeza.
Pero sé, hermano, que te fuiste feliz, canturreando; con el alma ardiendo de dicha por la victoria de tu Madrid y una sonrisa que intuí con certeza cuando me asomé a darte el hasta siempre más amargo. Le dijiste a la Parca que, para huevos, los tuyos; que te ibas para el otro mundo con la confianza altanera de quien se sabe con el cielo ganado.
Por qué, hermano, te fuiste cuando precisaba de tantas noches. Por qué, Diego, tomaste el tren expreso a un vacío que no es sino un recuerdo atronador de multitudes.
Por qué, cabrón, me dejaste tan solo y con esta mala vida, en medio del páramo y con dos botellas
miércoles, 31 de octubre de 2007
Electoralismo de doble vía
Tanto tiempo con la discusión sobre la esencia y el futuro del país, y, al final, lo prosaico nos puso en la pista sobre dónde queda la sensatez. España no se rompe, España se hunde. No supimos elegir el verbo, y esta cuestión semántica ha mantenido a la clase política alejada de la ciudadanía.
España no se rompe, España se hunde allá por el territorio catalán de Marsé y Maragall. Cataluña, independiente y ferroviaria, se ha puesto en pie de guerra para decir basta ante el electoralismo expreso de Zapatero. Se retrasa en Barcelona el tren de Moncloa y el catalán pide que le devuelvan la normalidad y la rutina de un ferrocarril limpio y puntual. Mientras, el nacionalismo inflamado e inflamable ni pide la república ni aporta solución. Se sabe que, pese al gracejo perspicaz de la Álvarez, en Málaga los operarios del AVE apenas han recibido lección alguna de pilotaje ferroviario.
El tren remite al romanticismo de la estación y el último beso, pero las vías, torcidas, dan la puntilla cojonera a una ministra que tiene un helicóptero público como taxi privado para surcar las Españas.
A esta tierra bandolera, surcada aún por el tren botijo, le hace falta otra política que no tenga al guardagujas como obra suprema de electoralismo.
España no se rompe, España se hunde allá por el territorio catalán de Marsé y Maragall. Cataluña, independiente y ferroviaria, se ha puesto en pie de guerra para decir basta ante el electoralismo expreso de Zapatero. Se retrasa en Barcelona el tren de Moncloa y el catalán pide que le devuelvan la normalidad y la rutina de un ferrocarril limpio y puntual. Mientras, el nacionalismo inflamado e inflamable ni pide la república ni aporta solución. Se sabe que, pese al gracejo perspicaz de la Álvarez, en Málaga los operarios del AVE apenas han recibido lección alguna de pilotaje ferroviario.
El tren remite al romanticismo de la estación y el último beso, pero las vías, torcidas, dan la puntilla cojonera a una ministra que tiene un helicóptero público como taxi privado para surcar las Españas.
A esta tierra bandolera, surcada aún por el tren botijo, le hace falta otra política que no tenga al guardagujas como obra suprema de electoralismo.
lunes, 22 de octubre de 2007
Nacho Trillo umm

Trillo es un grafómano que quiere trasladar a papel oficial sus vivencias. Concibe la política como una actividad dignísima con importantes dotes de poética; persigue, ya lo hemos dicho, los imposibles desde la sinceridad de su medio siglo de camino. Cree en el futuro y tiene la valentía de enfrentarse a lo injusto aun arriesgando el plato de lentejas. Escribe una interminable epístola moral a su hija, en una prosa rica, llena de giros inesperados y experiencia; tiene una precipitación, como yo, por vivir en papel, con más certeza y confianza, sus días y sus noches. Escribe siempre que puede. En los plenos usa su portátil y redacta las líneas para su gran autobiografía, sus monumentales memorias.
Me confiesa que el prolijo libro que prepara, el de su vida, es, en el fondo, un viaje hacia sus vísceras para que su hija comprenda, el día de las cenizas y el fn, quién fue su padre; quién dedicó los esfuerzos a hacer de este país una nación mejor, aunque ello le costara enfrentarse al aparato de su partido, pleno de catetos que tomaron sus cargos como los yugos de un emperador romano.
Ambos concebimos la escritura como una entidad alejada de la mediocridad de los días. Un espacio etéreo donde él revive la transición, y donde uno se venga de tantas rubias hijas de puta, de tanto chulo de billar y de tanto cabrón suelto que nos jodió la existencia.
Me confiesa que el prolijo libro que prepara, el de su vida, es, en el fondo, un viaje hacia sus vísceras para que su hija comprenda, el día de las cenizas y el fn, quién fue su padre; quién dedicó los esfuerzos a hacer de este país una nación mejor, aunque ello le costara enfrentarse al aparato de su partido, pleno de catetos que tomaron sus cargos como los yugos de un emperador romano.
Ambos concebimos la escritura como una entidad alejada de la mediocridad de los días. Un espacio etéreo donde él revive la transición, y donde uno se venga de tantas rubias hijas de puta, de tanto chulo de billar y de tanto cabrón suelto que nos jodió la existencia.
domingo, 30 de septiembre de 2007
Verano en Móstoles

Morenas del extrarradio. Bloques rojizos de ladrillo y un cielo bajo y cálido de verano. Jardines resecos de julio, verbenas de barrio y castizos y peruanos bailando un flamenco barriobajero. Madrid tenía en los veranos de mi adolescencia esa maravilla de lo cotidiano que descubríamos en la capital. Las morenas del extrarradio, con un gracejo insuperable, nos pedían fuego a los sureños que pasábamos los raros veranos en el infierno castellano.
Jardines cercados con alambres mínimos y vomitonas en las aceras. Las copas frías nos entraban en la inmediatez dionisíaca del hígado y atrapábamos la sonrisa en los viciados aires de los garitos suburbanos. Los julios caían en Madrid, desde mi primera adolescencia, y uno vagaba en albergues inmundos tintado de soledad y sudor. No importaba, una sospecha de esperanza desfilaba por el irregular perfil de los barrios del Sur, veíamos a lo lejos el perfil enhiesto de la Telefónica y suspirábamos ante la ciudad que, definitivamente, nos habría de acunar.
Jardines cercados con alambres mínimos y vomitonas en las aceras. Las copas frías nos entraban en la inmediatez dionisíaca del hígado y atrapábamos la sonrisa en los viciados aires de los garitos suburbanos. Los julios caían en Madrid, desde mi primera adolescencia, y uno vagaba en albergues inmundos tintado de soledad y sudor. No importaba, una sospecha de esperanza desfilaba por el irregular perfil de los barrios del Sur, veíamos a lo lejos el perfil enhiesto de la Telefónica y suspirábamos ante la ciudad que, definitivamente, nos habría de acunar.
sábado, 22 de septiembre de 2007
Madrid

El metro recorre ruidoso y herrumbroso las entrañas de esta ciudad que late bajo su piel dormida y hoy lluviosa. Abandono la estación de Gran Vía y comienzo a deambular por este Madrid frío que apuñala a quien no tiene una faz de lana cuidando su anatomía. Sopla un viento ficticio e hiriente, urbano y arremolinado, que me sorprende cuando en las grandes avenidas el caño de la sierra viene directo a mis entrañas y a mi piel; más tarde me resguardo en la esquina de un hotel, preparo un cigarrillo y en los soportales le doy algunas caladas. Hace frío en Madrid y llueve, cae una cortinilla fría de agua helada que se posa lenta en mi rostro y tizna de suciedad mi cabello.
Los neones aún no se han encendido y en días como éste mi mirada, irremediablemente, vuelve al verano, a la rubia, a Cristóbal y a Sergio. Pronto se hará de noche y los secretos del pensamiento se los llevará de un soplo genocida la oscuridad; quedaremos extasiados por la negra noche, dolida y sin estrellas, que ha de desparramarse sobre el asfalto y la atmósfera viciada que pisamos.
Hoy he paseado en Madrid como llevo haciendo más de un mes y medio, el tiempo que llevo en estas calles y que va incrustándose en mi pensamiento como un condicionante más de quién seré. Rebusco por las callejuelas algún bar abierto en el que sobrellevar esta inmundicia de vida y apenas encuentro calidez en los corazones que navegan, ajenos a mí, por estos océanos de semáforos y bancos, y ministerios, y ecuatorianos con panfletos que asedian detrás de la rutina de un paseo. A veces paro en el Retiro y en los días azules y soleados del otoño, ésos de un frío conocido y reparador, cerca del estanque patinan rubias con cascos del Mp3 y un perro persiguiendo su paso, yo sobresaltado busco tras los destellos del sol en el cabello los profundos ojos de Estefanía, como en un acto maquinal y primario, y a veces me sostienen la mirada con un odio que desconozco y me hace dirigir los ojos a la profundidad del estanque donde esos novios, recién salidos de un caro colegio en el barrio de Salamanca, navegan en el bote uniformados por sus grises vestimentas de colegiales; se besan, reman, se tumban uno encima del otro mientras el agua sobre la que se mantiene la endeble barquilla es verdusca y mugrienta, nadada por especies acuáticas contaminadas, por grandes peces que incluso en esa otra extensión de agua, tan diferente a la piscina del manicomio San Julián, hayan podido encontrar a más niños de bañador rojo e inocencia grabada para siempre en el rostro de quien se ahoga y pugna con la fatiga del último aliento por ser rebelde con el destino de las profundidades.
Los neones aún no se han encendido y en días como éste mi mirada, irremediablemente, vuelve al verano, a la rubia, a Cristóbal y a Sergio. Pronto se hará de noche y los secretos del pensamiento se los llevará de un soplo genocida la oscuridad; quedaremos extasiados por la negra noche, dolida y sin estrellas, que ha de desparramarse sobre el asfalto y la atmósfera viciada que pisamos.
Hoy he paseado en Madrid como llevo haciendo más de un mes y medio, el tiempo que llevo en estas calles y que va incrustándose en mi pensamiento como un condicionante más de quién seré. Rebusco por las callejuelas algún bar abierto en el que sobrellevar esta inmundicia de vida y apenas encuentro calidez en los corazones que navegan, ajenos a mí, por estos océanos de semáforos y bancos, y ministerios, y ecuatorianos con panfletos que asedian detrás de la rutina de un paseo. A veces paro en el Retiro y en los días azules y soleados del otoño, ésos de un frío conocido y reparador, cerca del estanque patinan rubias con cascos del Mp3 y un perro persiguiendo su paso, yo sobresaltado busco tras los destellos del sol en el cabello los profundos ojos de Estefanía, como en un acto maquinal y primario, y a veces me sostienen la mirada con un odio que desconozco y me hace dirigir los ojos a la profundidad del estanque donde esos novios, recién salidos de un caro colegio en el barrio de Salamanca, navegan en el bote uniformados por sus grises vestimentas de colegiales; se besan, reman, se tumban uno encima del otro mientras el agua sobre la que se mantiene la endeble barquilla es verdusca y mugrienta, nadada por especies acuáticas contaminadas, por grandes peces que incluso en esa otra extensión de agua, tan diferente a la piscina del manicomio San Julián, hayan podido encontrar a más niños de bañador rojo e inocencia grabada para siempre en el rostro de quien se ahoga y pugna con la fatiga del último aliento por ser rebelde con el destino de las profundidades.
Esos mismos días que voy al Retiro muevo las piernas y recorro la ciudad de arriba abajo, paseo por la calle de Alcalá hasta Cibeles y, al llegar a esa plaza corriente pero mágica, mis pies descienden el Prado sin rumbo, perdidos entre las arboledas y el sol licuándose entre las amarillentas hojas que caen al peso de la escarcha de la noche. Otras veces me detengo ante la fachada del Congreso de los Diputados y miro con fijación al policía que mañana ha de comprobar mi pase de prensa para testificar que, aún hoy día, hay profesiones más ruines incluso que la de estafar por los votos a una nación: la del que escribe sobre tan bajo acto. También acostumbro a mirar al suelo caminando por los Austrias, tomar la Plaza de Santa Ana y perderme en el barrio de las letras, por esas callejas literarias que desde que era joven siempre había mitificado y que, ahora, mientras las recorro y piso los grises pavimentos ennegrecidos por el cielo, pienso que son nada más que el acompañamiento urbano que me sigue; alguien que va creando un fondo a mi vida que es siempre el mismo, aunque yo me empeñe en reconocer a Estefanía, a Cristóbal o mí mismo en los ojos de los moros que pasan enfundados en baratas réplicas de chaquetas por mi lado.
lunes, 10 de septiembre de 2007
José Tomás

José Tomás bordaba la tauromaquia de la sangre y la arena en el coso de la Malagueta, y una afición poco malagueñista, entendida, con las alfombrillas de diseño y los puros nevados de ceniza, aplaudía la torería sobria de un castellano que convirtió el valor en pellizco poético. El arte de la Fiesta es efímero, pero Tomás inmortalizó la valentía en la enciclopedia del capote cargado de futuro.Los tendidos se enseñoreaban al ser una plaza de primera, el respeto volvía por el viejo coso a los pies de Gibralfaro y la bulla del centro cedió cuando el de Galapagar imaginó por chicuelinas a unos Cuvillos enrazados que devolvían a Málaga al epicentro de la torería.
José Tomás llegó, vio y triunfó con un mechón blanco en la cabellera, signo inequívoco de una genialidad que no es de este mundo. Durante toda la Feria, Málaga se convertía en un despropósito de aficionados sudorosos, pero llegó el espada madrileño a devolver el fuego a los hombres y la ilusión al proletariado, que siempre quiso ser maletilla espontáneo de las puertas grandes.Con el triunfo agónico, épico y trágico de Tomás, Málaga lograba el perdón de los pecados de su Feria, ese desfile del mal gusto que convierte este villorrio marinero en la capital europea del mal gusto. Acaban diez días de una diversión insana en la que la estética del quinqui ha triunfado por encima del decoro. El malagueño es majarón, nos lo ilustró magistralmente Vázquez, y bastante hortera.
Las amistades, que vienen de fuera en ferias, siempre desconfían de un centro lleno de matarifes y una posmodernidad entendida como apología de lo suburbial. El calor recalentado y el griterío entre la Plaza del Carbón y la entrada de Larios nos separan, definitivamente, de ser una Salzburgo del Sur. En fin, se apaga otra Feria en la que vivimos tan peligrosamente como nos dejó esta ciudad. Al menos, eso sí, tendremos en el paladar el sabor salado del poema de José Tomás, que tanto molesta a esos ociosos que se dicen `antitaurinos´ y que quisieron hacer algo de ruido justificando lo injustificable de su pensamiento vacío, progre y equivocado.
Esta Feria y esta Málaga, por favor, devuélvanla a los corrales.
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